
Luisa, la madre de la familia Milá, se dirigía a su trabajo, siempre puntual, como pedía su contrato. Cuando aparcó y entró en el banco se instaló y empezó a trabajar.
-Luisa, tienes que ir a sacar a la caja fuerte el presupuesto que nos han pedido el Sr. Marsan.- Ordenó el jefe de ésta, que nunca tenía buen humor.
A Luisa era lo que menos le gustaba, ir a sacar dinero de la caja fuerte. Nunca había desvelado su secreto por miedo de que la tomasen por obsesionada con su trabajo o simplemente pirada. Pero como buena empleada que era, caminó por el largo y vacío pasillo, donde retumbaban sus pasos acompañados del ruido de los finos tacones de aguja fina color negro oscuro a juego con su traje de chaqueta negro, con camisa blanca y un largo pelo moreno muy oscuro recogido por una cinta. Al terminar de marcar el último número de la combinación secreta que habría la caja con el mayor contenido que hasta ahora habían podido ver los negros ojos de Luisa la puerta se abrio´ . Como era lógico nada más que ella estara´ dentro de aquella sala, la puerta, controlada, por un sistema de seguridad, se cerrari´a. Y asi´ fue. Pero de repente un apagón de luces poco inusual, hizo que su respiración fuera a más velocidad que nunca. Más tarde, se encendió en la caja fuerte una pequeña pantalla que retransmitía lo que estaba pasando en el banco. Justo fue lo que ella imaginaba, era eso que le causaba tanta angustia, se estaba cometiendo un robo en el banco, en su puesto de trabajo.

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